Nadie me lo pudo explicar
Tuve el mundo dividido. Allí encontré lo que no esperé ver.
Me detuve ante ti. Había planeado ese momento muchas veces en mi cabeza y no hicé caso a lo que tanto había oido: "Nada sale como uno planea, la vida fluye. No intentes controlarla".
Y así fue, la vida me controló a mí. Allí estaba frente a ti. No me reconociste y no me sorprendió pero mi mundo se vino abajo. Aún me pregunto cómo puede ser que sigas luchando, incluso cuando ya nada tiene remedio y ahora que no hay marcha atrás.
Marché de allí con la duda de cual era tu motivo de seguir hacia adelante. No quisé pensar que no había tal, que lo único que te sustentaba era la suerte, y digo suerte porque no creo en un dueño del cielo.
Pero el momento como yo lo imaginé no se dió. Todo lo contrario. Me descubrí afligido, abatido y orgulloso de ser parte de ti. Por alguna razón le di valor a tu lucha aunque no me reconocieras para poder decírtelo.
No pudé, tampoco, dejar de sentir pena por tantas cosas pasadas pues la memoria siempre se encarga de guardar lo que deja marca. No creo que sea "no saber perdonar", sino que lo que duele de verdad deja marca y después cicatriz.
A pesar de todo, queriéndolo o no, me has enseñado, sí. He aprendido a darle valor a las cosas menos buenas y tú, abuelo, quieres vivir, sigues teniendo sueños.
Gracias, porque vi el sentido. Quiero seguir viviendo, vivir soñando.
A ti, Fausto.
